El subcuartel del gluminati costarricense.

domingo, 26 de enero de 2014

¡Que no nos expropien la lengua!

De todas las libertades hay una que aprecio mucho más que las otras. No sólo vivo de ella sino que además la considero el mayor logro de Occidente. Es por medio de la libertad de expresión que es posible diseminar e intercambiar ideas, y establecer discusiones de suma importancia en todo campo del conocimiento. Nos permite publicar nuestros pensamientos sin miedo y nos da el derecho de acceso a la información. Nos expone a las más variadas y descabelladas ideas, incluyendo aquellas capaces de ser las semillas de donde germinan las revoluciones científicas y sociales.

La historia nos enseña que las revoluciones son fundamentales para el progreso. Característico de una revolución social es que las bases filosóficas del statu quo pre-revolucionario son distintas al modelo que surge después de la revolución. Naturalmente, las ideas más revolucionarias son las más tabú, y, consiguientemente, las más vulnerables a ser censuradas. Debido a la imposibilidad de predecir bajo el modelo presente los futuros principios éticos, intereses y prioridades de nuestra sociedad, no existen parámetros objetivos sobre los cuales se pueda decidir qué es censurable y qué no. Por ende, todo tipo de censura no tiene propósito más allá de fortalecer y promover el sistema político vigente, en detrimento del progreso social.

Viéndose como un foro para la oposición en un eventual gobierno del Frente Amplio, el periódico La Nación se ha mostrado preocupado por las palabras de la presidente y candidata a diputada de la agrupación, Patricia Mora, respecto a la libertad de expresión. Tanto así que le ha dedicado dos editoriales (uno y dos) al tema, el segundo en respuesta a una aclaración por parte de Patricia en su sección de Opinión.

Leyendo las palabras de Patricia no hay duda que su proyecto de gobierno incluye la intervención del estado en la prensa y la implementación de límites en la libertad de expresión. Ella menciona exigir que los periodistas obedezcan a "parámetros éticos mayores," quejándose, por ejemplo, de que el "75% (de un noticiario) sean hechos de sangre." Inmediatamente se le pregunta que quién va a decidir esos principios éticos, y ella responde que "la ciudadanía, que es muy educada."¿En qué país vive esta mujer? ¿Cree que el pueblo gasta sus colones en La Extra, o que pasa babeando frente al televisor durante Combate por decreto del Poder Ejecutivo? ¿No se da cuenta que el mismo Grupo Nación preferiría que el pueblo leyera la sección de Opinión en La Nación que venderle tetas en La Teja? El pueblo ya ha decidido, y lo que quiere es sangre, relatos acerca del chupacabras, mamacitas semi-desnudas y los cuadritos de Bryan Ganoza. Ciertamente estos no son los parámetros éticos decididos por la ciudadanía que Patricia tiene en mente. Supongo que se refiere a los parámetros éticos de "la ciudadanía," legítima y únicamente representada en el gobierno por el Frente Amplio.

La discusión no sólo abarca el sensacionalismo, sino que además menciona como problema que los grandes medios de prensa "no siempre mantienen un equilibrio," debido a que tienen "dueños con intereses." ¡Sorpresa!, los medios son parciales, a diferencia de las clases que Patricia imparte en la U.C.R., supongo. El punto es que así como Patricia ve parcialidad en los medios de prensa, y una persecución hacia el Frente Amplio, otros no percibimos una parcialidad tan alarmante, mientras que vemos parcialidad extrema en su programa de Generales.

A diferencia suya, yo no pretendo ser imparcial ni creo que alguien es capaz de serlo. Pero mas allá de eso, yo defiendo vehementemente su libertad de cátedra, y por más que esté en desacuerdo con lo que ella enseñe, lo veo como una pieza fundamental y necesaria de toda sociedad libre. En cambio, la ingenuidad de Patricia, creyendo que el Estado, conformado por hombres con ideologías e intereses políticos, es capaz de imponer la imparcialidad en la prensa, es decepcionante y peligrosa.

La solución al problema no es limitar y regular la información a la cual puede acceder el ciudadano, sino universalizar el acceso a esta. Gracias a la existencia del internet podemos exponer nuestras mentes a todo tipo de puntos de vista, libremente aprendiendo de los sucesos y desarrollando nuestro criterio sobre la realidad nacional. Aún más, podemos fácilmente contribuir al canon del conocimiento contemporáneo. Si queremos fortalecer la libertad de expresión, debemos fomentar la participación de la ciudadanía en una discusión abierta, sin regulación ni censura.

Las diferencias de criterio entre ciudadanos nunca deberían ser razón de discordia, por el contrario, mientras sean expresadas en libertad, sin apegarse a "parámetros éticos mayores", son parte de una democracia liberal saludable. Lo inaceptable es cuando un grupo de la población, creyéndose poseedora de la verdad y representantes legítimos del pueblo, pretenden imponer su criterio. Y aún cuando no nos pueden expropiar la mente, nos pueden expropiar la lengua. ¡Eso no lo podemos permitir!

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