Suponiendo que las sociedades deciden sus principios éticos, me gustaría comentar sobre ciertos ejemplos de inconsistencia en la aplicación de estos principios. Naturalmente, esto es más evidente en decisiones sobre acciones que no son ni claramente malas ni buenas. La discusión podrá parecer superficial, pero me hace cuestionar qué tan racional es nuestra ética (no en el sentido de que los principios en sí sean racionales, sino cuestionar la existencia de principios y la ética reduccionista). De cierta manera me parece que a fin de cuentas lo que es bueno y malo proviene del sentimiento – y no la razón – de la mayoría.
Lo que me llevó a este tema tiene que ver con el hecho de que en el nuevo complejo apartamentos donde viviré en Chicago no se permite fumar, ni siquiera al aire libre en el balcón. Estamos de acuerdo en los peligros del fumado pasivo, lo que justifica que en lugares públicos y cerrados sea prohibido (felicidades al gobierno de Costa Rica por la nueva ley anti-tabaco, por cierto), pero el simple olor a tabaco, que no debería ser un problema si los apartamentos están bien diseñados con buena circulación del aire, no es diferente a olores de comida, pedos o sobaco que vayan a circular de un apartamento a otro. Esta prohibición no es una cuestión de salud, sino una aversión sicológica al fumado. Nótese además que en uno de los complejos que visité se puede asar carne, pero no fumar, en el balcón! Por qué es el olor a tabaco peor que el olor desprendido por un cadáver al fuego? Y qué decir de que se permiten las olorosas y bulliciosas mascotas? Justo ayer subiendo en el ascensor del apartamento había un gato que maullaba en un tono agónico y muy incómodo. Al vivir en un complejo de apartamentos hay ciertas reglas para facilitar la convivencia y, hasta cierto punto, todos debemos tolerar a nuestros vecinos, pero es absolutamente ridícula la actitud hacia el tabaco, mucho más estricta que hacia muchas otras potenciales incomodidades, simplemente porque es una maldita moda – la idea de que todo complejo tiene que ser libre de humo con un cuarto de ejercicios para acomodarse a esta visión de mundo donde desperdiciamos los mejores años de nuestras vidas para poder vivir más últimos e inútiles años de viejo.
(Nota: me dan más asco cuerpos sudorosos en el ascensor que gente que vuelve después de salir a fumar.)
De igual manera, la prohibición de la marihuana es enteramente irracional. Si la mayoría de la población fumara tanta marihuana como toma alcohol, esta sería legal. No hay razones de salud y ni de bienestar social para prohibirla – es simplemente una droga que no es lo suficientemente popular y no tiene la aceptación social necesaria para la legalidad.
A fin de cuentas lo que más me molesta es la hipocresía de la mayoría, donde se espera que la minoría tolere sus preferencias mientras que la mayoría se toma la libertad de restringir las preferencias de la minorías. Hay alguna duda de que si la mayoría fuésemos vegetarianos no tardaríamos nada en prohibir el consumo de carne bajo principios éticos? No hemos ya hecho esto en el caso de las corridas de toros, donde simplemente porque a la mayoría no nos gustan las prohibimos, aún cuando generan mucho menos sufrimiento animal que el consumo indiscriminado de carne? Por qué esperamos que los vegetarianos respeten nuestra decisión de comer carne cuando nosotros no respetamos la decisión de algunos de disfrutar corridas de toros? La razón es simple: porque somos la mayoría.
El subcuartel del gluminati costarricense.
sábado, 7 de julio de 2012
miércoles, 22 de febrero de 2012
El ateísmo no es una religión
Hay pocas cosas que me molesten más en discusiones de religión, que cuando se dice que se requiere fe para no creer en dios. Esto es particularmente molesto porque demuestra fallos fundamentales en la comprensión del significado de "creer" y de "tener fe." Si tanto ateos como religiosos no estamos de acuerdo en estos significados, la discusión es imposible.
Tener fe no es simplemente creer, es la capacidad de creer sin justificación. Se dice que es una virtud porque requiere convicción. Tener fe demuestra una grandísima confianza en la autoridad religiosa, ya que logra que el individuo crea algo en lo cual, mediante su usual proceso de justificación, no creería.
Los ateos, por el contrario, podemos ser definidos simplemente como personas carentes de fe, poseídos por la duda. Solamente creemos en aquellos procesos y fenómenos que podemos justificar inductivamente, basándonos en nuestra experiencia. No hay más.
Los mismos religiosos tradicionalmente aceptan la fe como una cualidad fundamental suya, ¿por qué entonces diría alguno que la fe es una cualidad que también poseen los ateos, reduciéndola a simplemente la acción de creer y despachándola de toda virtud?
Me parece que es para ubicar al ateísmo en el mismo plano epistemológico que la religión y hacer la preferencia de una posición u otra una cuestión de ética o estética y no de conocimiento. Esto lleva a ignorar el argumento fundamental del ateo contra las creencias religiosas, i.e. que estas no son justificadas, y más bien se presta para calificar al ateo como una persona que ni le gusta ni quiere creer en dios por objeciones morales. ¿Quién más villano que aquel que rechaza caprichosamente a un dios creador y benevolente?
martes, 21 de febrero de 2012
El primer planeta habitable se debería llamar Jesús
Estamos muy cerca de uno de los logros más importantes en la historia de la humanidad: el descubrimiento del primer planeta habitable fuera del sistema solar.
En poco tiempo, en la mente del público "Jesús" llegará a referirse a un objeto de verdadera relevancia y sentará la condición ficticia del personaje mitológico.
jueves, 12 de enero de 2012
Los honorables "marines"
Hoy salió a la luz un video que muestra soldados estadounidenses orinando sobre cadáveres de afganos. Dos de ellos ya han sido identificados (en inglés). Según la vocera de la Infantería de Marina: "... las acciones que muestra no son coherentes con nuestros valores y no son indicativas del carácter de los infantes de marina."
¿Es esto sorprendente? Los soldados son personas que han sido entrenadas para llevar acabo el mayor irrespeto posible, matar. ¿Por qué se les exige respeto para los cadáveres de personas a las cuales se les ha ordenado no respetar? Si pueden matarlos, por qué no pegarles una meada. ¡Ah, la hipocresía militar!
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martes, 10 de enero de 2012
Institucionalizando el desarrollo
En una charla de TED (en inglés) el historiador escocés Niall Ferguson presenta cuáles son, en su opinión, las claves para el desarrollo. Aun cuando el enfoque de la presentación es una comparación entre las tradicionales potencias occidentales y las emergentes de Oriente, hay varios puntos que son sumamente relevantes para la realidad nacional.
Es fácil darse cuenta que si Ferguson está en lo correcto, estamos en una situación difícil. No importa que tanto trabajemos, ni cuanta inversión logremos. Mientras no haya instituciones y legislación en este país que promuevan el desarrollo, estamos destinados a la mediocridad.
Son clarísimos los problemas en legislación en casos como este. En Costa Rica hemos logrado institucionalizar la vagabundería en el sector público, con legislación enmascarada como "derechos del trabajador". Un ejemplo de esto son los constantes abusos del sistema de incapacidades. Pocos empleados públicos ganan más por trabajar mejor o corren el riesgo de ser despedidos por bajo rendimiento, su situación salarial depende más de la presión política que pueda hacer su respectivo sindicato que su desempeño laboral ¡Qué desgracia!
Está además el mal de males, la tramitología. No sólo síntoma de un inútil, ineficaz y excesivo sector público, sino además un problema que afecta casi todas las claves del desarrollo enumeradas por Ferguson. ¿No es el derecho de la propiedad violado cuando no se puede disponer de la tierra por meses, o años, debido a trabas burocráticas? ¿O no es la competencia afectada cuando empresas no pueden establecerse y negociar eficazmente debido a la innecesaria intervención gubernamental?
¿Somos subdesarrollados porque hemos sido mal gobernados? ¿Porque las leyes y las instituciones han sido establecidas de tal manera que no motivan al desarrollo? Esto es lo que sugiere Ferguson. Si es así, es necesario un cambio de fondo en el Gobierno, un cambio radical, talvez revolucionario, de la estructura y mentalidad gubernamental.
domingo, 20 de junio de 2010
La religión de la verdad
Será por la tradición judeo-cristiana en Occidente que se ha llegado a adorar a la verdad, hasta el punto que, aún en discusiones seculares, se percibe un respeto a esta como si fuese una grandiosa ente metafísica.
La verdad es tan sólo una palabra cuyo abuso ha trascendido la realidad y ha tomado un tinte mágico. A Jesucristo se le atribuye uno de los peores usos conocidos de esta. En una de sus frases más célebres, la cual es, además, uno de los versos más intolerantes jamás escritos en un texto religioso, dice: "Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí." (Juan 14:6)
No pretendo entender el uso de "verdad" en esta frase porque es ininteligible. No estoy seguro si querrá decir que los relatos bíblicos de Jesucristo son ciertos o si rezar es la mejor estrategia para pasar un examen, ambas interpretaciones, de todas maneras, son falsas. Lo que sí sé es que tal explotación del lenguaje lleva a que se considere la verdad como un valor cristiano.
Y así, como muchos otros valores han encontrado lugar en una visión secular y moderna del mundo que aún mantiene implícitamente un inexplicable absolutismo ético, encontramos a la verdad sobre un altar, considerada el propósito de la vida humana a tal punto que se desprecia la felicidad en ignorancia.
En el mayor sentido de la palabra, la verdad no sólo nos lleva al conocimiento de lo empíricamente cierto sino que, además, es la distinción entre el bien y el mal. Es esta inclusión de variados conceptos lo que lleva a la confusión: una única palabra, con diferentes definiciones, es fundamental para discusiones tanto epistemológicas como éticas. Me pregunto cuánto influye esto en las debates sobre el rol que juega la ciencia en la ética, un tema de histórica importancia que se sigue debatiendo en el presente.
Aún más interesante es el debate innecesario y las frustraciones de artistas y humanistas cuando asevero que la ciencia nos lleva a la verdad. Por supuesto que simplemente quiero decir que la ciencia nos ayuda a interrelacionar nuestras percepciones sensoriales bajo un modelo deductivo que nos permite hacer afirmaciones sobre estas que son temporalmente independientes, o sea predicciones. Desgraciadamente siempre asumen que estoy hablando de algo más grande, de un concepto más transcendente que dignifica a la ciencia y la corona sobre todas las demás disciplinas. Entonces con recelo me dicen que me refiero a una verdad muy particular. Así es pero, qué otra definición clara y sin ambigüedad existe para la verdad si no es esa. Nuevamente, me pregunto qué tan responsable del desprecio del posmodernismo hacia la ciencia es esta confusión sobre una simple palabra.
Finalmente, noto que en discusiones enteramente epistemológicas existen ciertas propuestas de suma importancia histórica que tal vez no lo hubiesen sido si no se hubiera abusado de la verdad. Tómese por ejemplo el genio maligno de Descartes. El filósofo se ve obligado a justificar la existencia de entes metafísicas, permanentes y trascendentes que dan origen a nuestras percepciones. Descartes ve la necesidad de incluir una realidad mayor, claramente influenciado por la presuposición católica de una verdad más allá de nuestros sentidos.
En fin, temo que no existe en la mente individual, y mucho menos en la mente colectiva, una definición coherente de la verdad. Le atribuimos a la palabra definiciones muy distintas y conflictivas, además de que ella misma viene ya cargada de prejuicios religiosos que la convierten en un calificativo de superioridad. Podríamos redefinir la palabra o simplemente deshacernos de ella.
lunes, 5 de abril de 2010
La cruzada de Irene Rodríguez
Yo siempre he sido crítico de la ignorancia científica de La Nación. De buena voluntad les envió correcciones y comentarios a sus artículos de física y he presentado en este blog los fallos editoriales con respecto a ciertos temas que involucran a la ciencia. O sea, tengo que ser el único que se queja por algo más que su aparente preferencia por Laura Chinchilla (algo que, en realidad, yo no noto).
Pues ahora me ha molestado la publicación el domingo (léase de "resurrección") dos artículos (uno de ellos correspondiendo a un estudio del 2008!) por parte de Irene Rodríguez:
Esto no es más que propaganda religiosa, especialmente cuando esta semana abundan en la red artículos científicos un poco más interesantes, incluyendo uno que menciona estudios que muestran que las experiencias "religiosas" cercanas a la muerte pueden ser reproducidas con ketamina.
Supongo que a Irene y a los editores de La Nación les parece una buena idea dar tales increíbles noticias a todos aquellos que celebraron "apropiadamente" el domingo de resurrección. ¿Es esto realmente necesario?
Algo que no se enfatiza en los artículos es que todos estos efectos de la fe son simplemente sicológicos. Estudios doble ciegos han comprobado una y otra vez la inutilidad del rezo. Como está escrito el artículo, no me sorprendería que algún ignorante vaya a concluir: "Al que reza Dios le ayuda." Por el contrario, esto es simplemente evidencia de que el auto-engaño es una buena estrategia contra la depresión, lo cual no es sorprendente.
Si La Nación quiere promover la religión esta Semana Santa, sugiero que publiquen un iluminado artículo explicándonos a todos por qué es la voluntad de Jesucristo que haya más muertes violentas precisamente la semana en la que se celebra su vida eterna. ¿Será acaso por morbo?
Esta actitud por parte de uno de los periódicos más importantes del país es preocupante, especialmente cuando está apunto de llegar al poder una mujer que podría ser peligrosamente motivada por sus supersticiones a promover legislación que atenta contra las libertades y derechos de muchos costarricenses, haciendo necesario, más que nunca, una crítica racionalista a las acciones gubernamentales.
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